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BETA (Bytes sobre Educación y Tecnología en Argentina)

miércoles, noviembre 09, 2005

Procesión

El peregrinaje
desata el espíritu
en el camino virtual
y lo esparce al aire
y cuestiona el lenguaje
de las cortas estadías.

L.A. Spinetta, Guitarra negra

Nos habíamos preparado para ir a Luján durante una semana: averiguamos en una parroquia cerca de la oficina el punto de salida de un grupo, escuchamos los consejos sobre el equipaje, la comida, el calzado, y los cuidados especiales en caso de lluvia.
El sábado cuatro de septiembre nos levantamos entusiasmadas, a pesar del vino que nos había quedado encima, y antes del mediodía ya estábamos en Liniers, caminando tenazmente, a la par de un bloque de fieles desconocidos.
Íbamos con una curiosidad respetuosa, espiando por la ventana la fiesta ajena. Choripán y cruces, rostros contraídos por una pena, alegría juvenil…y nosotras registrándolo todo; Amparo en su grabador minúsculo, yo en una libretita amarilla.
Unas horas más tarde ya no divisábamos a nadie del grupo original; todavía avanzábamos a ritmo sostenido. Las escenas del sacrificio se multiplicaban en imágenes de lisiados que peregrinaban con sus muletas, o en sillas de ruedas. Era imposible no imaginar las historias que desbordaban de esos actos empeñosos, obstinados. Amparo estaba sobreexcitada y se había cansado de grabar, ya tenía material de sobra.
Delante de nosotras, una pareja joven iba de la mano y a mí se me ocurrió que estaban pidiendo un hijo. Le conté a Amparo lo que pensaba. Ella me dio la mano y así seguimos caminando un rato largo, pocos pasos detrás de la pareja.
Las promesas espesaban el aire, una mujer canosa arrastraba a su hijo discapacitado, que tropezaba cada dos pasos; adolescentes con enormes pasacassettes al hombro, llenos de cumbia; madres con bebés en brazos, llenos de llanto. A los costados del camino, largas filas en almacenes que ofrecían baños limpios por un peso, artesanos exhibiendo vírgenes de madera.
El atardecer fue un rito de mates que pasaban de mano en mano y gente que iba con sus termos a pedir agua caliente a los vecinos de Morón. Nosotras sacamos unas tabletas de chocolate. Meses después, Amparo me dijo que desde entonces el olor del chocolate la devolvía a ese atardecer de septiembre, ella y yo rodeadas de los graves sentimientos de los otros.
Recién a la noche hicimos nuestra primera parada, en La Reja. Había quienes sacaban un arsenal de paliativos contra los dolores de pies, y otros, que conversaban intercambiando relatos del cáncer, el hijo que no vuelve, el trabajo perdido. Todas las heridas posibles en esa noche colectiva.
Mientras descansábamos vimos pasar a una mujer platinada, con ropa ceñida y tacos altísimos, las manos entrelazando un rosario. Pensé que sólo la locura podría someterla a caminar sobre esos zapatos nuevos que después de la procesión quedarían inservibles.
Cuando quisimos seguir la marcha, nos dimos cuenta de que detenernos había sido un error. Todo nos dolía más y teníamos frío. Amparo me preguntó si quería subirme a un micro y suspender el martirio. Pero cuando me lo propuso ya todos los micros estaban repletos de gente que había claudicado.
Seguimos caminando en la noche helada, escuchando avemarías y canciones religiosas de los grupos más entusiastas. Un estribillo traía el eco lejano del patio del colegio secundario: Jesús, te seguiré, donde me lleves iré, llévame a ese lugar donde vives, quiero quedarme contigo allí. Los que cantaban avanzaron pronto y el estribillo quedó resonando por un rato. Amparo y yo no hablábamos, pero nos abrazamos de la cintura para darnos apoyo. Vimos a un viejito desmayarse sobre su bastón.
Penosamente llegamos a General Rodríguez, último punto de descanso. No podíamos levantarnos; conseguir lugar en un micro pasó a ser nuestro deseo más inmediato.

Necesitamos ayuda para sentarnos al fondo de un colectivo brumoso. Nos dieron té hirviendo y caramelos. Dormimos hasta que el micro llegó a la entrada de Luján junto con decenas de vehículos que transportaban la desilusión de peregrinos agotados. El sonido metálico de los altoparlantes al empezar la misa nos despertó. El sermón nos ubicaba en la realidad de una mañana clara, después de esa noche que ahora parecía difusa, fantasmagórica. Quedaban nuestras caras ojerosas y las notas que tomamos en el trayecto.

Volvimos sin haber visto la Basílica; le conté a Amparo que fue allí donde me bautizaron al nacer.

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